29 de marzo. 23.08 horas

Publicado: marzo 29, 2010 en Uncategorized

No puedo evitarlo.

Intento razonar la posible causa de mis ganas infinitas de llorar,y apenas logro encontrarlas.
Me era fácil asimilar a mi misma y comunicarme mi mejoría. Si, lo era.
Las pastillas son un estupendo engaño y que realmente ahora mismo poco me importa si vivo en una actual mentira o verdad, pues ando aprovechando mi si vida e intentado  dejar a un lado el tormento interior en el que me encontraba.
(Sinceramente era algo así como una máscara dañina. Yo misma andaba en un pozo en el cual yo pensaba que no habia agua y resulta que casi quedaba ahogada).

Pues si. Puedo ahora mismo decir que aunque me arrancaría las lágrimas del alma para saciar mi angustia, no tengo ganas de morir. Pues no tengo tiempo, tengo demasiadas cosas en las que ocuparme y que debo hacerlas.

He engordado. No necesito pesarme para saberlo, lo se  y me siento irritada por ello. A veces ni yo logro aguantarme.
-Estás obsesionada con el peso y la comida.- afirmó mi  madre hace sólo unas horas.

( ¿Ahora llega a darse cuenta de ello? Debería decirle, no mamá. No, estoy enferma. Si.
Justo, es decir, que ese señor que te llamo de salud mental, no era una equivocación no. Me estoy tratando de un TCA con rango Obsesivo y una depresión. Si , exactamente, llevo así diez años. No os preocupéis poco me importa ya vuestro egoísmo. )

Hoy llamaron de nuevo de Salud mental, esta vez a mi móvil. Recoger un informe.

Siempre llegaba a las tres y veinte  a casa. El dinero del bocadillo habitaba mi bolsillo y aunque ese pequeño engaño dañaba mi gran ” honor de hija siempre correcta”, había días que afirmaba que tenia dinero o que me lo había encontrado en algún pantalón y que no necesitaba que me lo dieran para el siguiente día. – Nunca me gustó aprovecharme de nadie, ni siquiera pedirle medio euro a mis padres para comprar comida-.
En el autobús ya llevaba claramente la idea de cuantas cucharadas ingeriría ese día y como engañaría a mi alrededor: bordeaba en plato como si lo hubiese llenado más, tiraba algo de comida, insinuaba dolores casi inexistentes, cambiaba ollas, y un largo etcétera de planes  descabellados y realmente sencillos.
Siempre comía sola y solía levantarme antes del postre para lavarme los dientes y así ahorrármelo. Volví a la pesa y me lamentaba de lo ingerido.
A la tarde acababa mis obligaciones estudiantiles y realizaba numerosos bailes, siempre frente al mismo espejo. Y afirmaba que esa noche no cenaría: un no tengo ganas o un me duele la barriga valía para librarme de la comida. Es más, de ser una niña respondona,  me convertí en alguien casi invisible, la cual ni contestaba ni daba oportunidad a discutir o a dar opiniones.

Al siguiente día: mi vaso de leche y de nuevo a la hora de la comida.

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